No sé muy bien lo que buscan
saber. Quizás una historia sobre la pérdida y la búsqueda o quizás un cuento
sobre como un pobre puede salir de la inmundicia a través de la voluntad y el
buen hacer, ya saben , la vieja historia del hombre-puteado-sale-del barro-con-fuerza-y-honor,
que les toque el músculo lagrimal y a la vez les dibuje una sonrisa compasiva.
Siete folios de superación. Siete folios de desventuras y medio párrafo de
moraleja que les haga pensar en el frio
de la calle, en los desdichados sin techo, en la lluvia, en banquitos de parque
con hombres que parecen muñecos de cartón tapados por sabanas de cartón,
mientras sus abultados traseros descansan en butacas de piel, en salas con
alfombras acogedoras, confortables estancias llenas de litografías de Picasso,
Rembrant, Van Gogh, saboreando un buen cigarro, bebiendo un cálido coñac. Puede
que ni tan siquiera piensen. Pero las posibilidades se abren como las piernas
de una adolescente demasiado excitada como para frenar el impulso de la
experiencia. Por eso contemplo la opción de que también puedan estar pensando
en la incertidumbre de que a ustedes les pudiera ocurrir. Como cáncer amigos.
Tan lejano y tan certero cuando toca con su barita aleatoria. La enfermedad de
la espalda o de la cola le llamamos los compañeros del estómago vacío, porque
eso es prácticamente lo que ves a lo
largo de todo el día una y otra vez. Haces COLA para un bocadillo. ESPALDA.
Haces COLA para una cama. ESPALDA. Le gritas al mundo. ESPALDA. A veces al
mirar a alguien a los ojos, lo único que consigues es adentrarte en un
entramado de carreteras llenas de curvas frías e impersonales como cualquier
calle de cualquier ciudad. Crees que vas a encontrar algo tras esos ojos, pero
sólo encuentras que has atravesado su glóbulo ocular, su cráneo, su cerebro y
no encuentras nada. ESPALDA. Atraviesas su pecho, pectorales, costillas, y sólo
eso. ESPALDA. Nada. Y no es que no lo tengan. Es que sería ponerse al alcance.
Y nadie quiere que le toquen los huevos. Ni su alma.

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